Empecé a leer a Héctor Abad Faciolince en el 2009, cuando en pleno debate público (si es que se le puede llamar así) sobre la dosis personal en nuestro país, escribió y publicó para El Espectador una osada columna:La columna enmarihuanada. Desde ese día sigo leyendo su columna publicada semanalmente en el mismo diario, y que suele tratar sobre literatura y política.
Supe por esos mismos días que su libro “El olvido que seremos” estaba teniendo éxito y que además lo puso en el centro de la literatura internacional al adjudicarle a Jorge Luis Borges el soneto que había encontrado en el bolsillo de la chaqueta de su padre, actitud que algunos consideraron publicitaria, y que lo llevó a una búsqueda larguísima, que, al parecer, terminaría confirmando la autoría de dichos versos. (Vea la historia completa aquí: Al rescate de un poema atribuido a Borges. )
Siempre me ha parecido un escritor crítico, agudo y perspicaz, aunque como todos, con aspectos criticables, tanto política como literariamente, que ha vivido directamente los problemas del país, y con una gran capacidad para crear y contar historias. Acabo de leer su novela “Basura” (2000), novela que ha dejado en mí, una buena impresión.
La historia es sobre un hombre que descubre accidentalmente en la basura de su edificio, los escritos de su vecino Bernardo Davanzati, un presunto ex escritor, que según él mismo explica, no puede dejar de escribir, y que ahora sólo lo hace para sí mismo, sin intención alguna de publicar, con la única urgencia de calmar sus ansias. En una reciente entrevista vía Twitter, el escritor Mario Mendoza, ante la pregunta de por qué se había dedicado a la escritura, respondió aduciendo que era una “necesidad”, lo que causó desazón en algunos de los usuarios, quienes tildaron rápidamente su respuesta de cliché, Mendoza,
permaneciendo tranquilo, replicó diciendo que los clichés no son necesariamente falsos. Se puede observar fácilmente que Davanzati, tenía esa misma razón para escribir, y que además lo hacía casi que involuntariamente, según el mismo decía, como quien respiraba u orinaba.
En la novela, el “lector” se obsesiona de a poco con los cuantiosos escritos de su vecino,(escritos que me parecieron divertidos, profundos, incoherentes, incomprensibles,excitantes, absurdos) tornándose ellos en parte fundamental de su vida, y convirtiéndose así en una especie de espía: lo sigue rigurosamente hasta conocer sus hábitos casi a la perfección, lee sus historias encontrando posibles nexos entre la ficción y la realidad , tanto así, que habla con algunos de los conocidos de Davanzati a sus espaldas y realiza un viaje para conocer más de su vida personal y carcomer así, otro retazo del misterio. Al final, el “espía”, debido a una conversación que tuvo con una de las amigas del escritor, nota que a pesar de la supuesta rigurosidad de
sus seguimientos no se da cuenta de algo esencial, es decir, comprende que ha perdido su tiempo.
Leyendo el libro, también recordé que en una de las entrevistas a Fernando Vallejo. él decía que había un inmenso vacío en la literatura sobre la vejez. Yo, he descubierto en mis pocas lecturas, dos libros que podrían empezar a llenar dicho espacio: el libro de cuentos “El retorno a casa” de Nicolás Suescún, y éste del que estamos hablando, que tiene mucho que ver con la edad de Davanzati, con como recuerda sus experiencias y las mezcla deliberadamente con ficción en sus líneas, de como se arrepiente de su vida, pero aceptando que es irremediable, de como quisiera haber pasado el tiempo “tocando una piel” en vez de dedicarse enteramente a sus adicciones y elucubraciones, de como esperar la muerte viviendo en el pasado, de su amigo Jose y la visión de memoria como “alma”.
No es mi propósito contarles explícita y detalladamente la trama, por lo que no diré mucho más sobre ella. Me limitaré a contarles que he captado esta historia, como una descripción de necesidades, sobretodo, de necesidades tan presentes actualmente, como el voyeurismo y las ansias, más que por contar, por contarse. Opino que la relación escritor-lector que se desarrolla en la novela, es una revisión de estas necesidades, una remembranza de nuestras obsesiones, una señal de los lados que no siempre queremos mostrar, es más, de los lados que usualmente ocultamos. Quizás por lo anterior, me haya parecido una historia entretenida, y que definitivamente, debo recomendarles.
Para terminar, transcribo uno de los textos de Davanzati:
“Un náufrago que arroja al mar un mensaje en una botella conserva la esperanza de que algún día alguien lea su mensaje, incluso muchos años después de que él haya muerto de hambre. Yo soy un náufrago que arroja su mensaje al mar, no envuelto en botella alguna, para que se disuelva con la sal, para que se lo trague una tortuga hambrienta. No lanzo ningún pedido de auxilio, no pretendo que nadie me socorra, no tengo hambre de ojos que me salven y me lean, simplemente soy un náufrago y me relato a mí mismo que me muero de sed mientras me estoy muriendo de sed. Escribo y sé que nunca nadie va a leer lo que escribo, escribo porque tengo el vicio incurable de escribir, escribo como quien orina, ni por gusto ni a pesar suyo, sino porque es lo más natural, algo con lo que nació, algo que debe hacer diariamente para no morirse y aunque se éste muriendo. ¿Para qué orina ya un moribundo? ¿Para qué escribe ya un agonizante? Y sin embargo orina. Y sin embargo escribo. Si lo publicara, admitiendo que alguien me lo quisiera publicar, lo primero que pensarían los críticos es que busco algún honor, reconocimiento, notoriedad, fama, plata. Y sí, eso es lo que buscan casi todos, eso es lo que yo mismo buscaba en otros tiempos. Ahora no quiero que nadie me premie porque orino: qué bien orina el señor Davanzati, realmente que bien orina este señor. Tampoco temo que algunos critiquen mi manera de orinar: qué poca fuerza tiene la orina de Davanzati, qué amarilla está, cuánta espuma que saca y qué mal huele. Me importa un bledo lo que piensen sobre mi manera de orinar. No puedo dejar de hacerlo, no sé hacerlo de otra manera. Lo más que me pueden pedir es que escoja un sitio discreto para hacerlo. Cumplo con el precepto. Lo hago a escondidas y no espero que nadie me aplauda por la meada. Lo hago a menudo porque a menudo me dan ganas, porque tomo mucho agua o mucho vino o porque tengo pequeña la vejiga, crecida la próstata, baja la hormona antidiurética, qué sé yo. Lo hago porque si no me reviento por dentro. En realidad, no tendría tampoco nada de malo reventarse, pero es más agradable mear que reventarse. Mear, seguir meando hasta el día que me muera”